Me había acostumbrado muchísimo a llegar y encontrar silencio, quitarme los zapatos en la entrada, poner música, andar en camiseta, abrir el refrigerador tres veces sin ningún motivo, hablar sola, simplemente... existir.
Porque hasta que llega mi marido, estoy completamente sola en mi casa, siento que no tengo que desempeñar ningún papel, no importa cómo me veo, no importa si estoy despeinada,no importa si me siento cinco minutos en el piso porque sí, no importa nada, solo estoy siendo yo.
Y en cuanto hay alguien más, aunque sea una persona de toda la confianza del mundo, algo cambia, no porque esa persona haga algo, ni porque me sienta juzgada, simplemente dejo de sentir que el espacio es completamente mío.
Durante mucho tiempo pensé que eso me hacía antisocial, pero creo que solo descubrí que mi forma favorita de descansar es tener un lugar donde nadie espera nada de mí, donde no tengo que conversar, ni explicar, ni ser amable, ni estar "presente". Solo existir.
Hay quienes recargan energía rodeados de gente, yo la recupero cuando mi casa vuelve a quedarse en silencio, solo escucho patitas de perros y de gatos rodeandome, creo que eso no me hace menos sociable, solo me recuerda que, para mí, sentirse en casa no depende de las paredes, depende de poder bajar la guardia.
- Jessie
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