La extraña presión de TENER que parecer adulto


A mis 34 años me he dado cuenta que hay una especie de contrato social que nadie recuerda haber firmado, o almenos yo no.

En algún momento, al cruzar cierta edad, parece que se espera que dejemos de disfrutar ciertas cosas que los colores se vuelvan neutros dentro de tu casa y tu ropa no llame tanto la atención, que las mochilas se conviertan en bolsas caras de diseñador.

No sucede de un día para otro, es más sutil, empieza con comentarios aparentemente inofensivos.

"¿Todavía te gustan esas cosas?", "Pensé que ya habías madurado", "Eso es muy infantil para alguien de tu edad."

Con el paso del tiempo, te pierdes en la rutina y en algun momento uno termina preguntándose si la adultez consiste, precisamente, en abandonar aquello que antes le provocaba alegría.

Durante años pensé que, para ser tomada en serio, debía construir una imagen distinta de mí. Más sobria, más discreta, más cercana a la idea tradicional de una profesional competente.

Hubo una época en la que realmente lo intenté.

No fue de un día para otro. Fue una colección de pequeños cambios que parecían inofensivos, elegía ropa que nunca me habría llamado la atención, compraba zapatos porque "eso usa una mujer profesional", bajaba el volumen de mi personalidad antes de entrar a algun lugar, intentaba parecer alguien que, según yo, sería más fácil de contratar, más fácil de promover, más fácil de querer.

Quería encajar, quería que un trabajo me tomara en serio ,quería que una pareja me eligiera, quería demostrar que también podía ser "la adulta" y sin darme cuenta, empecé a desaparecer un poco.

A veces me detengo y veo fotografías de esos años y siento que estoy mirando a otra persona, recuerdo exactamente por qué llevaba esa ropa, esos zapatos o ese peinado, pero no puedo reconocerme en ellos, hoy definitivamente en mi closet no hay nada igual y no volvería a elegir nada de eso.

No porque estuviera mal vestir así, sino porque nunca fui yo, no me representaba: Era una versión cuidadosamente editada de mí misma, construida con la esperanza de que alguien más dijera: "Así está mejor."

Con el tiempo entendí algo que nadie me había dicho:La autenticidad no siempre se pierde de golpe. A veces se va diluyendo, decisión tras decisión, cada vez que elegimos la aceptación por encima de nuestra propia identidad.

Y recuperarla no consiste en volver a ser quien eras a los quince años, consiste en dejar de interpretar un personaje que nunca te quedó del todo bien.

Pero la realidad nunca coincidió con esa expectativa.

Sigo disfrutando las pequeñas cosas, los objetos que parecen insignificantes para otros, las ilustraciones llenas de color, los accesorios con personalidad, las colecciones sin utilidad práctica. Todo aquello que, desde fuera, suele etiquetarse como "infantil".

Lo curioso es que nunca encontré evidencia de que esos gustos dijeran algo sobre mi capacidad para hacer mi trabajo, las responsabilidades no desaparecen porque alguien lleve aretes con forma de rana.

Los proyectos no dejan de entregarse porque el escritorio tenga figuras pequeñas, la disciplina no depende de una paleta de colores, confundimos con demasiada facilidad la estética con la madurez.

Asumimos que verse serio equivale a ser competente, cuando en realidad una cosa tiene muy poco que ver con la otra.

Con los años he conocido personas extraordinariamente capaces que coleccionan LEGO, reconstruyen videojuegos antiguos, pintan miniaturas, decoran su oficina con personajes hermosos o invierten horas en hobbies que, vistos desde fuera, podrían parecer absurdos.

Nadie cuestiona su profesionalismo y lo admiro. 

Sin embargo, ciertos intereses especialmente aquellos asociados con lo "tierno", lo colorido o lo delicado, siguen siendo juzgados con una severidad desproporcionada.

Como si la alegría tuviera fecha de caducidad quizá el problema no sea crecer, quizá el problema sea la idea de que crecer exige parecer alguien distinto.

Ser adulto implica asumir responsabilidades, tomar decisiones difíciles y hacerse cargo de las consecuencias de ellas. Pero nunca encontré una definición convincente de la adultez que incluyera renunciar a aquello que despierta curiosidad, creatividad o entusiasmo.

De hecho, sospecho que ocurre exactamente lo contrario, las personas que conservan la capacidad de maravillarse suelen encontrar formas distintas de resolver problemas, de crear, de conectar con otros y de disfrutar el tiempo que tienen.

No porque vivan ancladas en la infancia, sino porque entendieron que la madurez no consiste en borrar partes de uno mismo para encajar en una idea aceptable de éxito.

Hoy ya no me interesa parecer más adulta de lo que soy (ojala me viera mas joven), me interesa ser coherente.

Si puedo liderar proyectos internacionales complejos, cumplir con mis responsabilidades y construir una carrera profesional, también puedo emocionarme por un charm diminuto o una ilustración bien hecha.

Una realidad no invalida la otra, tal vez la adultez no sea el arte de dejar atrás lo que amábamos, tal vez sea la libertad de dejar de pedir permiso para seguir amándolo.

Quizá crecer nunca fue el problema. Quizá el problema era creer que para crecer había que dejar de ser uno mismo.

 Hoy, obviamente sigo siendo profesional, sigo trabajando duro, sigo teniendo sueños y fantasias, persiguiendo metas grandes, la diferencia es que ya no siento que tenga que dejar partes de mí en la puerta para que los demás me consideren suficiente. Descubrí que la versión más competente de mí nunca fue la más seria. Fue la más auténtica 👽

- Jessie

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