Sentía que mi cerebro estaba funcionando con treinta pestañas abiertas, reproduciendo música en una de ellas y con el ventilador encendido al maximo haciendo su mejor esfuerzo para convencerme de que todavía podía ser productiva, y como siempre, no funciona.
Hay algo curioso que me pasa cuando estoy mentalmente saturada: mi cuerpo lo anuncia antes que yo me de cuenta: todo me pesa más, me cuesta empezar tareas que normalmente hago en automático, me distraigo, me quedo viendo la pantalla sin realmente verla, y aparece esa vocecita que dice:"Qué floja eres."
Pero no, no es flojera, es cansancio REAL!, es mi cabeza tratando de procesar demasiadas cosas al mismo tiempo.
A diario me siento dentro de una cultura donde descansar casi necesita justificarse. Si no estás produciendo, parece que estás perdiendo el tiempo, si te acuestas un rato: sientes culpa, si decides no hacer nada una tarde: inmediatamente buscas una explicación.
La explicación es tan simple como esta: Necesito desconectarme no porque no quero hacer las cosas, sino porque quiero poder hacerlas bien después.
He aprendido (aunque todavía se me olvida) que el descanso no siempre se siente como una recompensa, se siente como una obligación incómoda, cerrar la computadora cuando todavía hay pendientes, dejar un mensaje sin contestar unas horas, aceptar que hoy no vas a tachar toda la lista.
Y está bien, la productividad también tiene un límite, el cerebro también se sobrecalienta, igual que una computadora. Solo que nosotros seguimos intentando abrir otra pestaña más. Este martes terminé haciendo mucho realmente mucho menos de lo que había planeado.
Y, al día siguiente pude pensar mucho más claro, porque el descanso no era un premio, era mantenimiento y eso también cuenta como avanzar.
- Jessie
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